“El trabajo del artista es siempre un regreso a lo esencial.”
- Paul Cézanne
En un mundo donde lo impersonal parece haber triunfado, donde los instrumentos de baja calidad fabricados en masa se venden en plataformas online y donde la calidad ha dejado de ser una prioridad, nace mi proyecto. No como una marca más, sino como una respuesta: un gesto consciente de amor, un regreso a mi esencia y a mis orígenes. Un respiro. Una pausa. Una contracultura que busca mantener vivo un arte.
Usar mis iniciales, J. M. D., es asumir una responsabilidad total. Cada instrumento lleva algo de mí; en cada uno dejo mi coherencia, mi tiempo y mi presencia humana. Hacer lo que hago con amor, pasión y conciencia: esa huella es mi impronta.
Este camino no surge de la nada. La pasión por los handpans apareció de forma repentina hace ya casi dos décadas, cuando un vídeo llegó a mí por casualidad. En él, un chico tocaba este instrumento: me pareció algo extraordinario, y aquellos sonidos me atraparon de inmediato. Un amor a primera a primera vista.
Durante los años siguientes me gradué como licenciado en Psicología y construí una vida completamente distinta. Sin embargo, el handpan seguía apareciendo de forma persistente: vídeos, música, momentos aislados que volvían a llamar mi atención sin explicación aparente.
Con el tiempo conseguí mi primer instrumento, y a partir de ahí todo cambió. Sentí con claridad que ese era mi camino. Decidí dejarlo todo para dedicarme por completo a ello. Abandoné mi profesión, mi país y comencé a viajar por el mundo haciendo música. Eso ocurrió hace casi diez años, un periodo en el que viví incontables experiencias que marcaron profundamente mi vida.
En paralelo a este recorrido, mi formación como constructor se consolidó durante más de seis años en Ayasa Instruments (a quienes admiro y admire siempre), en los Países Bajos, uno de los talleres artesanales más reconocidos de Europa (y del mundo). Allí aprendí gran parte de lo que hoy define este oficio, trabajando bajo estándares muy exigentes de afinación y construcción. A día de hoy sigo formando parte de su equipo de afinadores y reafinadores, y además conservo, una gran amistad.
Con el tiempo, mi trabajo no solo se centró en el handpan, sino que se expandió hacia el mundo del gong. Esta pasión surgió más recientemente, a partir de una experiencia personal: mi madre atravesaba un momento delicado de salud y había encontrado cierto alivio en la sonoterapia. Decidí acompañar su proceso regalándole un set de cuencos tibetanos y construyendo su primer gong. A partir de ahí comenzaron a surgir numerosos gongs. Hoy mi madre se encuentra mejor, y yo me he convertido en un admirador profundo de estos sonidos que, hasta entonces, prácticamente ignoraba.
Todo este recorrido... la búsqueda, el aprendizaje, la música, la construcción y la experiencia personal... converge ahora en este proyecto. Un espacio donde cada instrumento no es solo un objeto, sino el resultado de un camino vivido.